miércoles, 31 de agosto de 2011

El paraíso tenía un precio




Oooooootro libro que quisiera conseguir... ¡¡Ay, si se publicase en España"!!
Todos y cada uno de los 'libros cubanos' que veo anunciados en Internet me los compraría... ¡¡si apareciesen en las librerías de España!! Qué quieren que le haga, yo, ya lo he dicho más de una vez, soy muy antiguo; cuando necesito un reloj voy a una relojería, cuando busco unos zapatos voy a una zapatería, y cuando quiero un libro... ¡¡voy a una librería!!


EL PARAÍSO TENÍA UN PRECIO
Andrés Hernández Allende


Desesperados por la angustiosa situación económica que sufren en La Habana, Leonardo y su esposa, Sonia, deciden irse de la isla en una precaria balsa, en compañía de varios amigos del barrio, durante el éxodo de balseros de 1994.
Los guardacostas norteamericanos los interceptan en alta mar y los llevan a la prisión de Guantánamo, donde los fugitivos encaran el maltrato de los guardias y los ataques de delincuentes retenidos en la base estadounidense. Al cabo de semanas de temor e incertidumbre, Leonardo y Sonia logran por fin su sueño de llegar a Miami.
Pero tras el deslumbramiento inicial, no tardan en descubrir que el paraíso tiene un precio. En su afán de sobrevivir en una ciudad que habían idealizado y cuyos misterios desconocían, Leonardo se verá envuelto en una red de corrupción, narcotráfico y violencia mientras Sonia, presa de una ambición descontrolada, lo empuja con sus exigencias cada vez mayores hacia un abismo.
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

- José Martí
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Crónicas de la impaciencia



Querid@s lectores/as: A la espera de que este libro aparezca en las librerías de mi ciudad (...supongo que ya después de estas vacaciones veraniegas), aquí les dejo est completísimo artículo -de otro buen escritor cibano, Luis Manuel García Méndez-, tomado de "CubaEncuentro".

¡¡Pasen y lean!!


UN LIBRO IMPRESCINDIBLE

Cancio rastrea desde sus orígenes y hasta su último artículo, la evolución del periodismo carpentieriano al compás de sus ideas sobre la historia y la cultura, su aprehensión de América y el entorno donde se produce

Luis Manuel García Méndez, Madrid | 31/08/2011


Alerto a los no pocos lectores de Carpentier: Crónicas de la impaciencia. El periodismo de Alejo Carpentier, de Wilfredo Cancio (Editorial Colibrí, Madrid, 2010, 382 pp.) es un libro imprescindible para la comprensión cabal, no solo de su periodismo, sino también de su literatura.

Cancio rastrea desde sus orígenes y hasta su último artículo, publicado en El País dos días después de su muerte, la evolución del periodismo carpentieriano al compás de sus ideas sobre la historia y la cultura, su aprehensión de América y el entorno donde se produce.

A pesar del popular criterio de Carpentier como un escritor europeizado, en especial durante su primera estancia parisina y su acercamiento a los surrealistas, su “Carta abierta sobre el meridiano intelectual de Nuestra América” anota que en América, por el contrario que en Europa, donde el intelectual “ha vencido una cantidad de prejuicios adversos; vive, si quiere, en medios desconectados de toda realidad étnica o histórica”, ningún artista piensa “seriamente en hacer arte puro o arte deshumanizado. El deseo de hacer un arte autóctono sojuzga todas las voluntades”. Y concluye que “América tiene, pues, que buscar meridianos en sí misma si es que quiere algún meridiano”. Ya tras su viaje a México en 1926 se había referido a la obra de Diego Rivera, el “hombre en quien palpita el alma de un continente”. Cabe señalar sus referencias a Villa-Lobos en el sentido de que lo americano “no era más que una cuestión de sensibilidad”. Preludio de su posterior alejamiento de los surrealistas.

Anota Cancio la adecuación del lenguaje del autor a lo narrado y la extracción de todas sus posibilidades, de modo que el lenguaje “se convierte en asunto de taumaturgia, de intuición, de vehemencia emocional”.

En una sociedad que aún subvaloraba lo negro como parte de la herencia cultural cubana, el periodismo de Carpentier es precursor en su apología del son y la posibilidad de que algún día sea “una fuerza moderna como lo es ahora el jazz”. Anota la conmoción que le causaron los Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, lo que lo conduce a una reflexión crítica sobre Ecué Yamba-O: “todo lo hondo, lo verdadero, lo universal del mundo que había pretendido pintar en mi novela había permanecido fuera del alcance de mi observación”.

La vocación viajera del autor tiene su mejor registro en los artículos de viajes publicados en Carteles y Social, así como su admiración por el “cosmopolitismo” de Paul Morand, autor viajero que asistió a un almuerzo con el Grupo Minorista, y quien, junto a Cendars, serían influencias claves en la obra de Carpentier, o mejor, en su actitud periodística: la relación entre hombre y paisaje, primero en España, y luego en América. Llega a escribir que “La sola presencia de la llanura castellana explica mejor el misticismo ardiente de una santa Teresa, que veinte volúmenes de comentarios eruditos o apasionados”.

Como bien observa Cancio, en la primera producción periodística del autor, “la política entra apenas oblicuamente a la reflexión estética y culturológica”, hasta que en los años 30 gira hacia temas políticos, directamente alineado con el antifascismo y en la sensibilidad de la izquierda y las causas obreras. Se posiciona en defensa de Ilia Ehrenburg, sometido a pleito por el empresario zapatero Thomas Bata, y en ello hace referencia a las fábricas-cárcel y alaba el Plan Quinquenal ruso. Es entonces cuando se refiere al malestar de Europa, el “estado de angustia ideológico”, vaticinando “convulsiones definitivas”, lo que ha sido leído como una referencia tangencial a la dictadura machadista. Tras la caída de Machado, revelará su militancia en una célula de ABC en París, y es entonces cuando se refiere al antimachadismo como una cuestión de higiene moral, que no admite actitud apolítica o neutral.

A pesar de su siempre cuidado uso del lenguaje y su afilado uso al servicio del tema, en su ocasional politización de 1932 en apoyo a Ilia Ehremburg, los términos y la estructura de su discurso recuerdan, como nunca antes, el inflamado vocabulario leninista. Ni siquiera en su profuso periodismo sobre la Guerra Civil Española, publicado en varias revistas de España y Costa Rica, y que se adensa en su serie “España bajo las bombas”, que pretende revelar “hombres” más que hechos, en una peculiar épica literario-periodística alejada del lenguaje de pancartas tan frecuente en la prensa cubana partidaria de la causa republicana. Aquí, su periodismo adquiere un dramatismo, una intensidad nuevos. Como en toda su obra periodística, esta fase tendrá también una resonancia en su literatura, en este caso, tardía, en la novela La consagración de la primavera.

El 19 de mayo del 39, Carpentier abandona Europa. En 1945 se referirá a ese regreso no por la guerra inminente, sino porque le espantaba parecerse “a uno de esos intelectuales americanos que se destierran y sin lograr ser nunca europeos, dejan también de ser americanos”.

Reinicia en Cuba su labor periodística ese mismo año y de esa época son sus cinco crónicas “La Habana vista por un turista cubano” en Carteles, que aplica tas técnicas de “España bajo las bombas” en el “reordenamiento de la memoria” como apunta Cancio. En ellas consigue ver lo que antes no había visto “o no había sabido ver”. Volverá sobre ellas en La consagración de la primavera, cuando narra el regreso de Enrique.

Las crónicas de “El ocaso de Europa”, publicadas en 1941, con su visión spengleriana de la historia, serán olvidadas años más tarde por Carpentier, en una reescritura continua de su biografía que va desde su nacimiento, su fervor y posterior censura a Paul Morand o el surrealismo.

La explosión de creatividad de los 40, a pesar del nefasto panorama político, no pasa inadvertida al periodismo carpentieriano. Es la época en que publican buena parte de sus obras Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Onelio Jorge Cardoso, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Eliseo Diego, Lezama Lima y el propio Carpentier —con “Viaje a la semilla” y “Oficio de Tinieblas”, de 1944, y El Reino de este mundo, de 1949, tras su viaje a Haití en 1943—, por no hablar de la explosión musical de esos años. De modo que en 1944, Carpentier habla con entusiasmo del avance cubano “en lo intelectual, en lo artístico, en lo civil, en menos de veinte años”.

En ese contexto, se afina la literatura de Carpentier, como lo demuestra su obra publicada y aquella que se gestará en estos años gracias al asiduo trasvase entre periodismo y literatura. A ello contribuye su paso por el diario Tiempo y, posteriormente, por Información, donde se hace el mejor periodismo de la época. Su periodismo no cesa de innovar, como en su reseña del filme El ciudadano Kane, con el “empleo de técnicas multidisciplinarias”, como anota con acierto el autor de este libro. Al mismo tiempo, trabaja en la estación de radio CMZ como codirector y director de teatro radiofónico, y más tarde en CMQ, retomando sus experiencias radiales europeas, cuyos ecos encontraremos en su literatura en términos de dramaturgia y montaje.

Una vez radicado en Venezuela (1945-1959), publica su serie “Visión de América” en El Nacional de Caracas, y su conocida serie “Letra y Solfa” (1951-1959) donde, lejos del tono de magister concluyente e inapelable, comparte convicciones e hipótesis, apunta impresiones y ventila dudas sobre multitud de temas. El periodismo se carga hasta convertirse en literatura. En textos de esta sección anota el valor de Orígenes, revista en la que escribe ocasionalmente y para la que gestiona algunas colaboraciones. Cuando Rodríguez Feo le proponga, tras el cisma, integrar el consejo de redacción de la nueva Orígenes se escabullirá, como siempre que sea imprescindible tomar una decisión comprometida.

De su período venezolano, posiblemente el mayor efecto sobre su literatura será su viaje a la selva y El libro de la Gran Sabana, que terminará convirtiéndose en Los pasos perdidos para “plasmar todo lo virgen y lo inexpresado dentro de una cultura en vías de fijación”.

Su regreso a Cuba en 1959, además de la adhesión a la euforia del momento, tiene también un componente comercial: instalar en Cuba la Organización Continental de los Festivales del Libro, para producir ediciones masivas y baratas. Llegaba Carpentier a La Habana precedido por una reputación de indiferencia por la causa cubana y, en particular, por el fuerte Movimiento 26 de Julio en Caracas. Durante casi quince años se había mantenido alejado de la circunstancia política venezolana, y no dudó en colaborar profesionalmente con el dictador Pérez Jiménez.

Atacado, como todos los intelectuales precedentes, por Lunes de Revolución, la gran publicación cultural en los albores revolucionarios, allí solo aparecieron dos colaboraciones suyas. De modo que su actividad periodística se concentra en el artículo y el ensayo, en particular en el diario El Mundo, entre 1960 y 1966. El Carpentier funcionario abandonaba temporalmente la literatura. Sus crónicas al regreso de una tourné por los países socialistas, la URSS, India y China, recuerdan extrañamente las de inicios de los años 30: están contaminadas por el lenguaje periodístico militante en boga, de modo que el estilo de Carpentier no solo se ajusta al tema y al medio, sino también al ecosistema.

A su regreso de Vietnam en 1966, dos años antes de que se acabe El Mundo, es nombrado ministro consejero en la embajada de París, ciudad donde vivirá casi permanentemente hasta su muerte en 1980. Nunca más articularía Carpentier una colaboración periódica y sistemática con otro medio, aunque continuó publicando en diarios y revistas de todo el mundo. Su última colaboración, que aparecerá en El País dos días después de su muerte, versará sobre Flaubert, a quien dedicó uno de sus primeros textos en 1922.

Wilfredo Cancio nos entrega en este libro un muy completo análisis del periodismo carpentieriano, sus etapas y los trasvases entre periodismo, vida y literatura, que permitirá comprender más cabalmente la trayectoria del autor, y un no menos útil aparato crítico, índice de publicaciones, cronología, correspondencia y testimonios que redondean el libro. Revela textos hasta ahora desconocidos y compone, en suma, la mejor síntesis de estas Crónicas de la impaciencia.
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

- José Martí
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martes, 30 de agosto de 2011

RECORDANDO...




Recordando...

JOSEFINA DE DIEGO: EL REINO DEL ABUELO
(FRAGMENT0)

¿Te acuerdas, mi hermano, del bosquecito de caña brava frente a casa? ¿Y del misterioso camino que atravesaba todo ese oscuro jardín y que se iluminaba, justo en su final, cuando, al apartar las hojas, nos tropezábamos con la casa de María?
¿Te acuerdas de las hamacas en casa de Palenque y del elegante caballo de Capote, cómo lo paseaban, tan suave?
¿Y de la gasolinera de Colado? ¿De la bodega de Marcelino, del kioskito de Yoyo? También estaba la ferretería. Ahí se vendieron juguetes, en los primeros años de la década del sesenta, y yo quería, cada Navidad, lo mismo: la muñequita china. Quizás porque me trasmitía una seguridad que nunca he tenido y quería apresarla, un poco, en ella. O quizás, simplemente, porque tenía una sonrisa muy dulce. No sé.
Pero todo eso existía fuera de la casa.
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La Quinta ―construida en las afueras de Arroyo Naranjo, a unos treinta kilómetros de La Habana― se llamaba Villa Berta, por la abuela paterna, la esposa del abuelo Constante, el asturiano. El nombre estaba puesto en las dos puertas de rejas de hierro que se abrían, acogedoras, para dar paso a los autos y, también, a los vendedores de viandas, vegetales y periódicos que entraban en carretones con caballos. Había, a la derecha, una puerta para las personas, pero nadie la usaba. Quizás, pensaba yo, porque las puertas de rejas de hierro eran como los brazos de la casa, el primer encuentro con los múltiples visitantes y, si uno entraba por la puerta pequeñita, el abrazo, también, tendría que ser pequeñito. A la izquierda había un banco de cemento donde nos sentábamos a esperar el ómnibus para ir al colegio, amparados por la sombra entrecortada de una buganvilia morada.
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En 1968, y por muchas y muy diversas razones ―difíciles de resumir y de asumir― tuvimos que abandonar la finca. No recuerdo nada de ese día, ni de los preparativos previos a la mudada. Sólo años después supe que todos, de alguna forma, habíamos tratado de preservar la casa en nuestra memoria. Tío Cintio la nombró, con especial ternura, en su novela De peña pobre; Cleva, poeta y pintora, amiga entrañable, se escapaba al estudio de papá y hacía bocetos del jardín; mi hermano Lichi escribió, ese mismo año, un libro precioso, La Quinta de los comienzos; yo retrataba los rincones que no aparecían en las fotos de mamá; tía Fina escribió poemas desgarradores: “Desmantelan la casa, nos desmantelan a todos el alma”.
Manos extrañas transformaron la finca, construyeron edificios completos, enderezaron los senderitos, eliminaron fuentes, arecas, buganvillas, cambiaron puertas y ventanas, quebraron el equilibrio perfecto de los recintos, ordenaron el jardín.
Durante muchos años no quise regresar. Temía que mis recuerdos se alteraran, se confundieran, se extraviaran y que ya, nunca más, podría recuperarlos porque se interpondría la imagen de la casa que no era. Pero no ha sido así. La casa y sus recintos se mantienen intactos, nítidos. Puedo reconstruirlos centímetro a centímetro y minuto a minuto. Me acompañan el aroma del jardín, el rumor de los pinos, el arrullo de las palomas. Nunca los perdí, y seguirán existiendo y me seguirán acompañando, mientras “pueda llamarlos de pronto con el alba”.

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JOSEFINA DE DIEGO. (La Habana, 1951). Narradora. Econmista de profesión, Josefina de Diego nació dentro de una familia literaria; su padre fue el conocido escritor Eliseo Diego. Su primer libro de narraciones, El reino del abuelo, fue publicado en México en 1993.
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[Tomado de "Grafoscopio", bitácora de Rita Martín.
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-Framento de la presentación-

(...) "En este libro estoy a salvo; en el pueblo, perdido. Nadie me reconoce. La iglesia, hoy, está en ruinas. Sin embargo, doblan y doblan las campanas, gracias a Fefé. La escuela también está en ruinas. Pero, gracias a mi hermana, escucho a nuestros amigos jugando en el recreo. La estación de trenes está en ruinas. Aunque sobre los moños de los árboles se elevan los humos de una locomotora imposible. Por fin llego a Villa Berta. En este libro, todo está como hace años. Dos niños me esperan. Son Rapi y Fefé. Se alegran al verme. Tienen las caritas trabadas entre las rejas. Sólo falto yo".

(Eliseo Alberto en la 'presentación' del libro "El reino del abuelo" de Josefina de Diego)
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

. José Martí
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ESTAMPAS... de Eladio Secades.





Un libro que espero conseguir en mi próximo viaje...
Todavía no se en que edición.
...tendremos que esperar a que esté bien entrado septiembre.
Luego vuelvo y les cuento...
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

. José Martí.
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lunes, 29 de agosto de 2011

Comer con Lezama



Querid@s lectores/as:

A un par de semanas de "salir a comprar libros", aquí les dejo la referencia de este que espero encontrar en La Habana.
Supongo que estará apetitoso... pero dado el tema de "recetas lezamianas" me temo que la mayoría de ellas, tristemente, podrán considerarse "cocina-ficción" en la Cuba de hoy. Ya veremos si mañana...
Por el momento ¡¡pasen y saboreen!!


COMER CON LEZAMA
Alejandro Montesinos
Madelaine Gálvez

Este libro, primero de una serie, es la invitación a un banquete doble: el del cuerpo, a través de las deliciosas preparaciones explicadas en sus páginas, y el del espíritu, cuya incitación llega con los extensos fragmentos de la obra lezamiana citados por los autores. Es quizás la forma más íntima de iniciarse en ese vasto universo de humanidad y cubanía que encierra la figura de José Lezama Lima, cuyo centenario estamos conmemorando.

Alejandro Montesinos Larrosa (La Habana, 1964), es escritor y editor, ingeniero mecánico y máster en Periodismo, autor de los libros Matrimonio solar, El convite de los sentidos y Hacia la cultura solar.

Madelaine Vázquez Gálvez (La Habana, 1959), es ingeniera tecnóloga en Alimentación Social y máster en ciencias de la Educación Superior.
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[Tomado de "Cuba Literaria"
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

José Martí
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viernes, 26 de agosto de 2011

SIN NOVEDAD...




Querid@s lectores/as:

Sigue la "tregua librera veraniega". En las librerías de mi ciudad hace un par de meses que no aparece ninguna novedad.
Tendré que esperar a mi vuelta de vacaciones...
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miércoles, 24 de agosto de 2011

RECORDANDO AL BARBARO...






24 de agosto de 2011

Homenaje al "Barbaro del ritmo"... que hoy cumpliría 92 años.

BENNY MORÉ

[de Wikipedia]

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez (Santa Isabel de las Lajas, 24 de agosto de 1919 - La Habana, 19 de febrero de 1963), conocido como Benny Moré o Beny Moré o el Bárbaro del Ritmo, fue un cantante y compositor cubano. Además de un innato sentido musical, estaba dotado con una fluida voz de tenor que coloreaba y fraseaba con gran expresividad. Moré fue un maestro en todos los géneros de la música cubana, pero destacó particularmente en el son montuno, el mambo, y el bolero.


Primeros años

Nació en el barrio de Pueblo Nuevo de la ciudad de Santa Isabel de las Lajas, en la entonces provincia de Las Villas, hoy en la Provincia de Cienfuegos, en el centro de Cuba. Era el mayor de 18 hermanos de una familia afrocubana humilde y campesina. Se dice que su tatarabuelo materno, Gundo, era descendiente del rey de una tribu del Congo que fue capturado a los nueve años por traficantes de esclavos y vendido al propietario de una plantación cubana, llamado Ramón Paredes. Gundo pasó a llamarse entonces Ta Ramón Gundo Paredes. Al pasar a ser propiedad del conde Moré, dueño del central La Santísima Trinidad, se le cambió el nombre a Ta Ramón Gundo Moré. Posteriormente fue emancipado y murió como liberto a la edad de 94 años. El apellido del tatarabuelo materno se conservó por ser todos las ascendientes maternas de Moré —su bisabuela, Julia; su abuela, Patricia, y su madre, Virginia—, así como el propio músico, fruto de uniones ilegítimas, la mayoría de ellas con blancos, que no reconocieron a sus hijos. El padre de Benny Moré fue un tal Silvestre Gutiérrez.

Bartolomé aprendió a tocar la guitarra en su infancia. Según el testimonio de su madre, Virginia Moré, se fabricó su primer instrumento, a la edad de seis años, con una tabla y un carrete de hilo. Abandonó la escuela a edad muy temprana para dedicarse a las labores del campo. A los 16 años, en 1935, formó parte de su primer conjunto musical. En 1936, cuando contaba con 17 años, dejó su ciudad natal y se trasladó a La Habana, donde se ganaba la vida vendiendo "averías", es decir, frutas y verduras estropeadas, así como hierbas medicinales. Seis meses más tarde regresó a Las Lajas, donde trabajó cortando caña con su hermano Teodoro. Con el dinero obtenido y los ahorros de su hermano, compró su primera guitarra decente.

En 1940 regresó a La Habana. Vivía precariamente, tocando en bares y cafés y pasando después el sombrero. Su primer éxito fue ganar un concurso en la radio. En los primeros 40, la emisora de radio CMQ tenía un programa llamado Corte Suprema del Arte, cuyos ganadores eran contratados y se les daba la posibilidad de grabar y cantar sus canciones. Los perdedores eran interrumpidos, con el sonido de una campana, sin dejarles terminar su actuación. En su primera aparición, la campana sonó apenas Benny había empezado a cantar. Sin embargo, volvió a competir más tarde y obtuvo el primer premio. Entonces consiguió su primer trabajo estable con el conjunto Cauto, liderado por Mozo Borgellá. Cantó también con éxito en la emisora CMZ con el sexteto Fígaro de Lázaro Cordero. En 1944 debutó en la emisora 1010 con el cuarteto Cuato.

Con el conjunto MatamorosSiro Rodríguez, del famoso Trío Matamoros, oyó cantar a Benny Moré en el bar El Templete y quedó gratamente impresionado. Poco después, a causa de una indisposición de Miguel Matamoros poco antes de una actuación, Borgellá envió a Benny para sustituirlo. Tras esta incorporación poco menos que casual, Benny permanecería ligado durante años a los Matamoros, con los que realizó numerosas grabaciones. Reemplazó como cantante principal a Miguel Matamoros, quien se dedicó en exclusiva a dirigir el conjunto.

En junio de 1945 viajó con el Conjunto Matamoros a México, donde actuó en dos de los más famosos cabarets de la época, el Montparnasse y el Río Rosa. Realizó varias grabaciones. Aunque el Conjunto Matamoros regresó a La Habana, Moré permaneció en México. Según parece, allí adquirió su nombre artístico, a sugerencia de Rafael Cueto.

En 1946 Benny Moré se casó con la enfermera mexicana Juana Bocanegra Durán y su padrino de boda fue el afamado cantante mexicano Miguel Aceves Mejía. Durante un tiempo actuó en el Río Rosa formando parte del Dueto Fantasma, con Lalo Montané. También en esta época grabó para la compañía discográfica RCA Victor los temas "Me voy pal pueblo" y Desdichado, junto a la orquesta de Mariano Mercerón. Con Dámaso Pérez Prado grabó "babarabatiri, anabacoa, locas por el mambo ,viejo cañengo ,el suave,maria cristina,pachito eche entre otros temas. Empezó a conocérsele como El Príncipe del Mambo. Con Pérez Prado grabó también "Dolor carabalí", que el propio Benny Moré consideraba su mejor grabación con el rey del mambo, y no quiso nunca volver a grabar.

A finales de 1950 regresó a Cuba. Aunque era una estrella en varios países latinoamericanos, como México, Panamá, Colombia, Brasil y Puerto Rico, apenas era conocido en su patria. La canción Bonito y sabroso fue su primera grabación en Cuba y su primer éxito. Alternó actuaciones en vivo para la emisora Cadena Oriental con viajes a La Habana para grabar en los estudios de la RCA. Entre 1950 y 1951 grabó muchas otras canciones, como La cholanguengue, Candelina Alé, Rabo y oreja, entre otras.

En La Habana trabajó también para la emisora RHC Cadena Azul, con la orquesta de Bebo Valdés, quien le inició en un nuevo estilo llamado batanga. El presentador del programa, Ibrahim Urbino, le dio el sobrenombre de El Bárbaro del Ritmo (la razón parece ser que Benny interpretaba para esta emisora un número titulado "¡Oh, Bárbara!"). Tuvo la oportunidad de grabar con Sonora Matancera, pero declinó la oferta por no estar especialmente interesado en su estilo musical ("porque a él esa Sonora, nunca le había sonado", según Leonardo Acosta).

Cuando pasó la moda del batanga, Moré fue contratado por Radio Progreso para actuar con la orquesta de Ernesto Duarte. Además de en la radio, actuó en salas de baile, cabarets y fiestas. En 1952 grabó con la Orquesta Aragón, de Cienfuegos, a la que ayudó a introducirse en el mundo musical habanero. Rompió con Ernesto Duarte cuando descubrió que éste evitaba llevarle en sus actuaciones los sábados y domingos por ser negro, y decidió fundar su propia orquesta.

La Banda Gigante

La primera actuación de la Banda Gigante de Benny Moré tuvo lugar en el programa Cascabeles Candado de la emisora CMQ. La banda estaba compuesta por más de 40 músicos y sólo era comparable en tamaño con la big band de Xavier Cugat.

Cabe destacar, que la Banda Gigante, aunque grande, contaba con una organización melódica única en su tipo, además de que contaban con el talento de saber improvisar al momento que su director Benny Moré lo decidía.

Entre 1954 y 1955 la Banda Gigante se hizo inmensamente popular. Entre 1956 y 1957 hizo una gira por Venezuela, Jamaica, Haití, Colombia, Panamá, México y Estados Unidos, donde actuó en la ceremonia de entrega de los Oscar. En La Habana actuaron en las más célebres salas de baile, como La Tropical y La Sierra. Al triunfar la Revolución Cubana, Benny Moré, a diferencia de otros músicos e intelectuales cubanos, optó por permanecer en la isla. En 1960 empezó a actuar también en el cabaret Night and Day. Se le ofreció una gira por Europa, que Moré rechazó por miedo a volar (nada extraño si se tiene en cuenta que anteriormente se había visto envuelto en tres accidentes aéreos).

Murió en Cuba un 19 de febrero de 1963 de cirrosis hepática.
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Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.

José Martí
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